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LA PASIÓN DE CAMILLE CLAUDEL, 1985

Posted by noeliapc en 19 febrero 2010

 

 FICHA TÉCNICO-ARTÍSTICA

Género: Biográfica / Drama
Nacionalidad: Francia
Director: Bruno Nuytten
Actores: Isabelle Adjani; Gérard Depardieu; Laurent Grévill
Alain Cuny; Madeleine Robinson; Katrine Boorman
Danièle Lebrun; Aurelle Doazan; Madeleine Marie
Maxime Leroux; Philippe Clévenot; Roger Planchon
Flaminio Corcos; Roch Leibovici; Gérard Darier
Productor: Isabelle Adjani; Christian Fechner
Guión: Reine-Marie Paris; Bruno Nuytten
Fotografía: Pierre Lhomme
Música: Gabriel Yared
Calificación moral: No recom. menores de 13 años
Duración: 174 minutos.                                                                                                                 Filmaffinity: Votos, 311. Puntuación, 6,7/10

SINOPSIS:

La pasión de Camille Claudel reproduce con una fidelidad prácticamente documental la trayectoria vital y artística de una creadora extraordinaria. En uno de los ambientes artísticos más complejos y bulliciosos de toda la historia, el del París de finales del siglo XIX, una jovencísima escultora, llena de pasión, logra hacerse un hueco en el corazón del maduro Auguste Rodin, en la cumbre de su carrera, y en el panorama artístico de la ciudad de la luz.

Toda la película está plagada de referencias artísticas. Al contrario de lo que suele ser habitual en este tipo de films, La pasión de Camille Claudel, se ocupa del terrible drama persona de la artista sin perder de vista su actividad escultórica. En ella, vemos trabajar a Claudel y a Rodin. Enfrentarse a la materia, a la creatividad, a la relación entre la vida y el arte.

En este sentido es complicado tratar de destacar algún pasaje de la película. Todo el film, incluso en su larga versión extendida, es aprovechable. A ello colabora, sin duda, el magnetismo que desprende a lo largo de toda la cinta una espléndida Isabelle Adjani en la plenitud de su carrera.

http://www.youtube.com/watch?v=lUQKjasl5aE&feature=player_embedded

 COMENTARIO CRÍTICO.-

El cine francés de los años 80 estuvo marcado por una tendencia a las superproducciones de calidad aprovechando, además de la tradición cinematográfica del país, la coincidencia de profesionales de indudable calidad. Y entre ellos, muy en especial, actores. Gérard Depardieu e Isabelle Adjani, protagonistas indiscutibles de La pasión de Camille Claudel, son dos claros exponentes de este fenómeno.

Ambos actores encarnan con pasión, credibilidad y oficio a dos personas y dos artistas tan singulares como fueron Claudel y Rodin, y llevan sobre sus espaldas una película extensa y completa.
Otro aspecto muy reseñable del film es la ambientación. Realmente magnífica. Vemos ante nuestros ojos un París a caballo entre los siglos XIX y XX. Sus calles, sus ambientes, sus personajes, sus costumbres y sus salones de bellas artes que han quedado como un referente del nacimiento del arte contemporáneo.

Por desgracia, a la dirección le falta el punto de emoción que convierte a una gran película en una obra de arte. Pese a la intensidad de la historia, el director, Bruno Nuytten, también coguionista del film, no traspasa los límites de la corrección formal.

TOMADO DE

http://www.artecreha.com/El_arte_en_el_cine/la-pasion-de-camille-claudel.html

 

LA ERA DE RODIN, EN BUENOS AIRES (Exposición en 2008)

 
Carrier-Belleuse lo convocó a trabajar con él en Bruselas: la capital belga se renovaba y aspiraba a grandes edificios muy ornamentados. Rodin permaneció allí unos años. Para aumentar sus ingresos, vendía por su cuenta pequeñas esculturas de adorno, lo que indignó a Carrier-Belleuse, que lo despidió. Era 1871, el mismo año en que murió la madre de Auguste. Los biógrafos hablan de “trece años de silencio“, entre los 24 y los 37, en los que poco y nada se sabe de su vida, salvo que a los 35 viajó a Florencia y descubrió a Miguel Ángel. Fue el deslumbramiento. Por fin se encontraba Rodin con su auténtico maestro: más, con su par. Apenas si pudo describir lo que le pasaba. Anotó: “Todas las estatuas que él hizo son de un apremio tan angustiado que parecen querer romperse a sí mismas. Parecen querer ceder a la presión demasiado fuerte de la desesperación que las habita“. Desde entonces, trataría de revelar la potencia invisible, pero indudable, que alienta en la carne y que se transmite a la piedra o el metal. No hay deliberación previa: Rodin ha debido decirse lo mismo que Picasso, “Yo no busco, encuentro“. Y el encuentro se concreta a través de la luz. Luz que en el mármol está ya dentro de él, y en el bronce nace del modelado previo en el barro primordial, en la arcilla humilde. Rilke, secretario accidental del maestro en su hora más gloriosa, lo define así en sus admirables Cartas a Rodin : “Miríadas de punto de encuentro de la luz con la materia, cada uno distinto del otro y diversamente significante, pero que en su complejidad infinitamente variada expresan la palpitante presencia de la vida“. ¿Cómo toleraría Rodin, entonces, que su espléndido desnudo masculino, La edad de bronce , presentado en el Salón de Bruselas de 1875, fuera acusado de haber sido moldeado sobre el cuerpo mismo del modelo, una práctica no desdeñada por artistas menores e inescrupulosos? El escultor pidió a un oficial del ejército belga que le enviara al taller, como modelo, a un soldado “bien hecho“, quien resultó ser el joven telegrafista Eugène Neyt. Éste refirió, años después, la ardua experiencia de pasar muchas horas sobre la tarima, moviéndose sin cesar de aquí para allá, en las distintas poses que se le iban ocurriendo vertiginosamente al escultor, o bien inmóvil durante largo rato, apoyado sobre una pierna adelantada y aferrando una lanza con la mano izquierda. La lanza desapareció, sensatamente, en la versión definitiva, y el resultado es una criatura de infinita gracia y, a la vez, de infinita desolación. Tanto, que hubo de llamarse El vencido , alusión a la derrota francesa en la guerra con Alemania, en 1870, que terminó con el imperio de Napoleón III. Guerra que Rodin pasó en Bélgica y que no pareció afectarlo. Nunca le interesó la política, salvo para defender sus intereses. Un crítico belga insinuó la posibilidad del modelado en vivo y los enemigos de Rodin, cuando la obra se presentó en el Salón parisiense de 1877, propagaron el infundio. Ni siquiera las fotografías tomadas durante las sesiones de pose bastaron para disiparlo. Los numerosos amigos importantes que el escultor había sabido cultivar en la crítica de arte y la política lo defendieron con éxito. La edad de bronce fue premiada en el Salón y el Estado la compró para el Jardín del Luxemburgo, donde estuvo varios años hasta ser trasladada a su actual emplazamiento, en Auteuil. Sus incontables reproducciones la han convertido, junto con El pensador, en una de las esculturas más populares de los tiempos modernos. El pensador (del que tenemos una versión en bronce, en la Plaza del Congreso) es parte de la mayor frustración en la carrera del artista. Destinado a coronar las Puertas del Infierno , un encargo mayúsculo hecho por el Estado francés a Rodin en 1880, con destino al pórtico de un nunca edificado Museo de Arte Decorativo, terminó, como otras tantas figuras del colosal proyecto, por independizarse y adquirir vida propia. En el jardín del Hôtel Biron, en París, sede del Museo Rodin, se ve lo que pudo ser (o el punto al que llegó) ese monumento imponente, pero, en cierta forma, cercano a la pesadilla. Es una visión muy personal de La Divina Comedia , un torbellino vertiginoso de figuras múltiples, de formas y tamaños diversos. Como un confuso, caótico collage . La inspiración proviene de la Puerta del Paraíso, de Ghiberti, en el baptisterio de Florencia, pero nada más distante de esa serena, elegante simetría, que la furia concebida y ejecutada por el genio francés, que aspira a evocar las terribles palabras de Alighieri: “Perded toda esperanza“. Innumerables vaivenes jalonaron la realización de obra tan compleja, hasta que, pasados los años, Rodin devolvió el anticipo que le habían dado y procedió a extraer los fragmentos que le convenían para sus últimos experimentos, que anticipan, de manera notable, la escultura del siglo XX. Entre los numerosos asistentes que lo secundaban en la factura de las terribles puertas -el principal, …mile Bourdelle– estaba una muchacha bellísima, que había entrado a trabajar en el taller en 1884. Se llamaba Camille Claudel y era la hermana mayor de quien sería el gran poeta católico de Francia, Paul Claudel. Algo más que sensible al encanto femenino -popularmente, se lo consideraba un fauno insaciable-, Rodin se enamoró de ella y fue aceptado de inmediato, pese a la diferencia de edades: Camille era veinte años menor. La relación nunca fue apacible. Ella era una “niña bien“, cultísima y refinada, y se complacía en ostentarlo frente a la medianía intelectual y social de Auguste y, sobre todo, en el contraste, que Camille subrayaba, con la ignorancia y la torpeza de Rose, convertida en una especie de sirvienta. Las alternativas tormentosas de esta historia de un amor difícil, las mostraría, en 1988, un excelente film protagonizado por Gérard Depardieu e Isabelle Adjani. Baste decir que, tras muchas vicisitudes, separaciones y reencuentros a lo largo de quince años (y diversas amantes del maestro aún durante los momentos de mayor pasión), el equilibrio psíquico de Camille, nunca muy robusto, empezó a ceder hasta culminar en su internación, en 1913, en un hospicio donde murió, pobre y olvidada hasta por su familia, veinte años después. La posteridad ha reivindicado su extraordinario talento para la escultura: influida sin duda por su maestro y amante (de quien fue también modelo en obras tan admirables como El pensamiento y La danaide), ella avanzó, no obstante, en terrenos que éste apenas había comenzado a explorar (ciertas formas de collage), y anticipó movimientos que hoy estimamos contemporáneos. Liberado de la pobre Camille, el siguiente embrollo fue el del Balzac , encargado en 1891, a instancias de …mile Zola, gran amigo del escultor, por la Sociedad de Gentes de Letras. Con su habitual minuciosidad, Rodin hasta localizó al sastre que había vestido a Balzac cerca de su muerte y le encargó una bata como las que el novelista usaba siempre (en realidad, era el hábito de una orden religiosa) de entre casa. La primera idea fue la de un Balzac desnudo: quedan infinitos esbozos, variaciones en torno a una panza voluminosa y una cabeza también desmesurada. Ante la alarma de los comitentes, Rodin optó por vestirlo: hizo “broncificar” la prenda en cuestión y la volcó sobre el cuerpo rotundo, por lo que convirtió la figura en una suerte de tótem informe hasta llegar a la formidable cabeza, a la que es imposible contemplar sin una mezcla de atracción poderosa y de terror, casi como un ídolo primitivo. El Sarmiento de Rodin, en los jardines porteños de Palermo, es pariente cercano del Balzac: encargado por Aristóbulo del Valle en 1895, suscitó casi tanta polémica como aquél. Así como El almuerzo sobre la hierba, de Manet, representa el manifiesto de la pintura moderna, el Balzac de Rodin es el heraldo del arte del siglo XX. Durante mucho tiempo no se supo qué hacer con él. Estuvo años en el jardín del museo, en el Hôtel Biron. Tan sólo en 1939, y con mucha resistencia de la alcaldía de París, se lo ubicó donde está ahora. Hubo otro encontronazo más entre el escultor y la burocracia estatal. La municipalidad de Calais, en 1884, quería erigir un monumento en memoria de los seis ciudadanos que en 1347, durante la Guerra de los Cien Años, se ofrecieron a ser ejecutados a cambio del levantamiento del prolongado asedio de la ciudad, ya extenuada y hambrienta, por las tropas inglesas del rey Eduardo III. Los burgueses de Calais, como los conoce la historia, vestidos apenas con sayos de arpillera y encadenados, ofrecieron al enfurecido rey las llaves de la ciudad. Tan sólo la súplica de la reina Filipa de Hainault, que, embarazada, se arrojó a los pies de su marido pidiendo clemencia, salvó la vida de aquellos héroes. Rodin concibió un grupo de seis personajes, aislados pero unidos en la miseria de su situación, de tamaño mayor que el natural, al comienzo sobre un pedestal y finalmente parados en el suelo. Una vez más, contrariaba los lugares comunes del heroísmo y la teatralidad patriotera exaltada en un zócalo. Tras infinitos cabildeos y disputas, el escultor se salió con la suya y el monumento se inauguró oficialmente en 1895. En los últimos años, como ha ocurrido con otros artistas ilustres, cayó en las garras de una aventurera convertida en su amante, la duquesa de Choiseul -una arribista norteamericana que se autotitulaba la Musa del maestro-, que, en complicidad con su inescrupuloso marido, complicó a Rodin en una cantidad de tejemanejes turbios: venta de piezas descartadas o apresuradamente vaciadas por los ayudantes, autorización de patentes no legalizadas, etcétera. Instalado desde años atrás en una casona en Meudon, cerca de París, donde tenía un vasto, caótico estudio, recibía a los grandes de ese mundo que estaba a punto de desaparecer (por ejemplo, el rey Eduardo VII de Inglaterra, nada menos, en 1908) y acumulaba condecoraciones y encargos por sumas cuantiosas. En febrero de 1917 se resolvió por fin a casarse con Rose, quien murió poco después de la boda. Tras el tercer ataque de apoplejía, el frío contra el que las restricciones de la Primera Guerra hacían difícil combatir le provocó una neumonía, a la que sucumbió el 17 de noviembre. Ambos están sepultados en Meudon, al pie de un ejemplar en mármol del Pensador. Sin Rodin, es inconcebible la obra de sus sucesores: Bourdelle, Despiau, Drivier, Maillol, entre los franceses; Picasso, Henry Moore y nuestros Yrurtia, Fioravanti, Lagos, y el rumano Brancusi, quien en 1928 afirmó: “Sin los descubrimientos de Rodin, mi trabajo hubiera sido imposible“. Y Octave Mirbeau resume: “Su genio consiste no sólo en habernos dado obras maestras inmortales, sino también, como escultor, en habernos dado la escultura; es decir, haber redescubierto un arte admirable y olvidado“.

TOMADO DE

http://clave88cultural.blogspot.com/2008_07_01_archive.html

 

LIGAZONS DE INTERÉS:

http://www.camilleclaudel.asso.fr/

http://www.uned.es/biblioteca/conoce/EXPOSICIONES/mujarte/siglo19claudel.htm

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