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CABARET (1972). Cabaret

Posted by noeliapc en 9 abril 2010

Cabaret, el periodo de entreguerras o el ascenso del nazismo

 

  

FICHA TÉCNICO-ARTÍSTICA

País:USA.                                                                                                              Género: Drama musical                                                                        Dirección: Bob Fosse.                                                                    Actores: Liza Minelli; Michael York; Helmut Griem; Joel Grey; Fritz Wepper; Marisa Berenson; Elisabeth Neumann-Viertel; Helen Vita; Sigrid von Richthofen; Gerd Vespermann.
Guión: Jay Presson Allen; Christopher Isherwood (‘Berlin stories‘).
Producción: Cy Feuer.
Música: Ralph Burns y John Kander.
Fotografía: Geoffrey Unworth.
Montaje: David Bretherton.
Diseño de producción: Hans Jürgen Kiebach y Rolf Zehetbauer.
Vestuario: Charlotte Flemming.                                                   Duración: 124 min.                                                     Filmaffinity:Votos:17.166.Puntuación:7,8/10 (37 críticas).

SIPNOSIS:

Berlín, años 30. El partido nazi gana el poder en una ciudad donde el amor, el baile y la música se mezclan en la vida nocturna del Kit Kat Club. Un refugio mágico donde la joven Sally Bowles y el travieso maestro de ceremonias hacen olvidar lo triste de la vida…

http://www.youtube.com/watch?v=LNMVMNmrqJE&feature=player_embedded

 

CRÍTICA DE Mateo Sancho Cardiel

Obra maestra…bajo un punto de vista totalmente subjetivo, la mejor y más completa película de todos los tiempos…Luces apagadas, el Kit Kat Klub es tamizado por un vidrio que transforma la platea en un cuadro de Munch. Es la realidad de Alemania en pleno ascenso fascista, la expresión de un grito de angustia entre el decadencia, un punto de libertad entre el régimen nazi: sean ustedes bienvenidos al “Cabaret“. La caricatura incisiva creada e inmortalizada por Helmut Griem abre la película con un inofensivo número en el que podemos admirar por primera vez la magnífica coreografía y dirección de Bob Fosse, y la espléndida fotografía, indispensable para el resultado final. Aparentemente, un musical como otro cualquiera, de impecable acabado, pero frívolo como el propio género. Sin embargo, entra pronto en escena Liza Minelli y derrumba todos los prejuicios. “Cabaret” es ella hasta límites insospechados, ya que realiza una creación arrolladora, vitalista, emocionante, natural… Se funde con su personaje, le aporta humanidad, ternura, sentimiento y estrecha las relaciones del público con la pantalla, nos introduce en la historia desde el primer momento en que nos pide un cigarrillo. Derrocha talento a raudales, con ingenuidad, con esa mirada que nos desarma, a la vez que despliega su portentosa voz, sus sensuales contoneos y su picaresca en los escenarios. Consigue que nos olvidemos de su físico poco agraciado y nos enamora. Eso es, en definitiva, una verdadera interpretación, un Oscar merecidísimo que nos da una tremenda lástima al ver como se malogró con malas películas y peores compañías. El triste destino que le marcó su madre, Judy Garland y que aún hoy está sufriendo. A su lado palidece Michael York, correcto actor que da vida a un dubitativo muchacho, sin identidad sexual y en contra del régimen.

Pero, si bien he nombrado la confesa frivolidad del musical por norma general, pronto los números del Kit Kat Klub adoptan el rol de narrador omnisciente, de moraleja del desarrollo de la trama. Metáfora, crítica, caricatura… El poder de las coreografías es fascinante, con una puesta en escena brillante, con una lírica riquísima y con unas interpretaciones memorables.Money” o “Cabaret” son momentos álgidos dentro de la cinematografía mundial y su colocación en el guión es obra de suma inteligencia y sutilidad. Porque “Cabaret” es, ante todo, una historia, una tragicomedia en la que los personajes están descritos con minuciosidad, en un telón social difícil y reflejado a base de sabias pinceladas. Un clima de cambio y de represión que va creciendo paulatinamente y hasta su consolidación, momento que cierra la película, nos despide de la libertad, la tolerancia y el vigor del cabaret. Un final redondo y contundente, audaz y demoledor para una película que, vista en pantalla grande, devuelve el sabor del buen cine, aquél que realmente marca un antes en nuestras vidas.

http://www.labutaca.net/49sansebastian/cabaret1.htm

La vida es un cabaret

Bob Fosse es una de las figuras más fascinantes del moderno cine norteamericano. Bailarín y coreógrafo prodigioso (no hay más que recordar su breve y excepcional intervención en la infravalorada El pequeño príncipe de Stanley Donen), las cinco películas que componen su filmografía revelan el portentoso pulso fílmico de un maestro de la dirección, capaz de desnudar su alma, sus obsesiones y sus deseos en todos y cada uno de los planos que forman su corpus cinematográfico.

Su estilo oscila entre un diseño visual y de puesta en escena deudor del imaginario de Federico Fellini (de hecho, All that jazz bien puede ser considerada su Ocho y medio particular) y un fondo que revela una profunda preocupación por las relaciones humanas que lo vincula directamente a François Truffaut. La planificación de sus obras es, a menudo, serena, compuesta por planos fijos en los que disecciona el cúmulo de sentimientos que atraviesan o han atravesado las vidas de sus personajes. Empero, esta placidez se ve arremetida por el nerviosismo de un montaje sincopado en las secuencias musicales cuyos números sirven, generalmente, como elemento catártico, la respuesta visceral a un mundo hostil y carente de significado (Noches en la ciudad), como el único resquicio que posee el propio Fosse para decir claramente lo que sus personajes no se atreven a declamar en voz alta (Cabaret), o como una explosión de adrenalina que va más allá de la rutina diaria y que le confiere a la vida toda su plena trascendencia (All that jazz). Fosse es, por ello y continuando con las referencias, el Ingmar Bergman del cine musical. Utiliza esta plataforma genérica como elemento clave de su discurso desplazando los demás senderos argumentales a unas simples bases circunstanciales, únicamente efectivas por servir de detonante al discurso musical.

Cabaret es la síntesis perfecta del estilo de Fosse por varias razones. Primero, el film es un musical absoluto, la trascendencia definitiva de un género al que se le han podado las superficialidades dejando al descubierto su más impactante esencia. Y ello es debido a que los números musicales en Cabaret no sólo son fundamentales para el desarrollo dramático, sino que definen la propia historia con una contundencia arrolladora, en contraste con la inacción con la que avanza el argumento. Prueba de ello son los números interpretados por Joel Grey Two ladies, cínica representación del triángulo amoroso formado por Sally, Brian y Maximilian e If you could see her, metonimia furiosa de la progresiva animadversión hacia las comunidades judías y reverso de la relación entre Fritz y Natalia.

Segundo. Asimismo, las secuencias musicales en Cabaret siginifican un antes y un después en el devenir de un género que tenía los días contados. Fosse, de hecho, es el cineasta que escribe el comienzo del fin en 1969 con Noches en la ciudad y la misma acta de defunción en 1979 con All that jazz. Las secuencias musicales poseen un punto apocalíptico común en todos los films realizados por Fosse: en Noches en la ciudad desaparece el concepto clásico y se abren las puertas al modernismo. En Cabaret, el apocalipsis queda cercano debido a la proximidad de la llegada al poder del nacionalsocialismo, simbolizado todo ello en el plano final del film, con una pequeña esvástica perfectamente nítida en el reflejo de un espejo. En All that jazz es la muerte del propio autor la que establece el nexo de la obra. Para Fosse, por tanto, el musical tiene un marcado acento existencial que profundiza en el erotismo, la vida, los instintos y, por supuesto, la muerte. Por esto, su cine no es fácil de contemplar y produce un extraño desasosiego que invita al pesimismo: el pesimismo ante las ilusiones más esperanzadas y bondadosas (Noches en la ciudad); el pesimismo ante un mundo que se autodestruye sin la más mínima conmiseración (Cabaret) y el pesimismo ante la contemplación de toda una vida marcada por la frustación personal y la obsesión profesional (All that jazz).

Tercero, Cabaret más que ninguna otra cosa, es la indagación compleja y aguda de los comportamientos humanos. Guiados por el maestro de ceremonias (un sensacional Joel Grey), figura casi abstracta que jamás interviene en el devenir de la historia, todos los personajes se ven volcados irremediablemente al fracaso personal. Sally (cautivadora Liza Minnelli), personaje fascinante y optimista, esconde sus debilidades bajo un manto de aparente frivolidad. Cuando se viene abajo su afán de una vida holgada con Maximilian, su deseo de ser madre y, por consiguiente, su relación con Brian debido a las dudas de éste, Sally ha de afrontar los avatares de la vida con toda su fortaleza (el espléndido número musical que cierra el film), asumiendo su endémico desengaño y aceptando su oscuro futuro con obligado estoicismo. Brian, por su parte, dice no tener suerte en sus relaciones debido a dos decepciones anteriores. Su affaire con Sally desembocará de la alegría inicial a la amargura final, al ser el detonante del aborto y la ruptura. Que en su primer encuentro con Sally, ésta aparezca en un primer plano frontal, abriendo la puerta de la pensión, y en la despedida final Sally esté caminando de espaldas diciéndole adiós con un gesto, muestra que la historia de ambos les ha hecho cambiar, ya no son los mismos que al comenzar el film. De la misma forma que la película arranque con la llegada de Brian a Berlín y termine con su marcha, cierra el círculo de manera magistral.

Cabaret, concluyendo, es una película compleja, intensa y profundamente emotiva. Paradigma de la genialidad de su autor y referente absoluto del cine contemporáneo, más allá de géneros y tendencias, esta obra maestra absoluta incide directamente en el alma del espectador, ya sea a través de la construcción de unos personajes redondos, o a través de unos números musicales sencillamente inigualables.

http://www.miradas.net/2005/n41/estudio/cabaret.html

El nazismo en el cine

Los regímenes imperialistas siempre saben entrarle por los ojos a la gente más ciega. Sus brillos militares y sonoras arengas ocultan los continuos desmanes de innobles dictadores. Por ello, el régimen nazi decidió desde el principio -nada más alcanzar el poder en Alemania tras las elecciones del 5 de marzo de 1933 (hace ahora 75 años)- hacer propaganda de su escaparate bélico, sus hombres de acero y su olimpo de dioses, para ocultar con ello el monstruoso infierno alojado en su trastienda: un Estado totalitario, xenófobo y cruel.

Desde las líneas oblicuas y los expresivos claroscuros del movimiento expresionista alemán, diversos creadores como Robert Wiene, autor de ‘El gabinete del Dr. Caligari‘, o Fritz Lang, desde la raíces históricas de ‘Los nibelungos‘ y la épica futurista de ‘Metrópolis‘, armaron de razones, muy a su pesar, a la afilada propaganda del régimen de Hitler, quien puso en manos de la hábil realizadora Leni Riefenstahl la imagen de su nueva raza y de un mundo en paz bajo la sombra de una guerra inevitable. Su exaltación de los valores arios en ‘El triunfo de la voluntad‘, de 1935, y su canto a la belleza del cuerpo humano en ‘Olimpiada‘, un sofisticado documental sobre los Juegos Olímpicos de Berlín celebrados en 1936, constituyen el paradigma de un cine dirigido a captar voluntades y seducir conciencias.

Sin embargo, conscientes del peligro de convertirse en instrumentos en manos de un poder absoluto, muchos creadores -especialmente significativo fue el caso de Fritz Lang, cuya mujer, Thea von Harbou, era una de las principales ideólogas de proyecto audiovisual nazi- optaron por el éxodo hacia otros países, fundamentalmente Estados Unidos, donde el cine buscaba su propio lenguaje lejos del adoctrinamiento y la guerra. Allí, desde la distancia, se convirtieron en testigos mudos de un ruidoso genocidio, de un movimiento político y militar donde dioses y monstruos tenían idéntico rostro.
El estreno de ‘El gran dictador‘ se produjo en 1940, cuando Hitler ya dominaba gran parte de Europa, lo que impidió la exhibición de la película en muchos países, incluidos aquellos que, como España y Argentina, realizaban guiños de complicidad al régimen nazi desde su teatral neutralidad. Incluso Chaplin fue amablemente reconvenido por el presidente Roosevelt cuando, en su visita a la Casa Blanca, lo recibió con el siguiente comentario: «Siéntate, Charlie; tu película nos está provocando un montón de problemas». Sin embargo, para muchos críticos de la época, ‘El gran dictador‘ suavizaba bajo el celofán de la broma y el divertimento la terrible personalidad de Hitler, con lo que desactivaba las crecientes denuncias contra el régimen nazi.

Algo que Chaplin negó una y otra vez aduciendo que « dicen que los dictadores ya no son cómicos, que el mal es demasiado serio. Eso es erróneo. Si hay algo que yo sé, es que el Poder es sensible al ridículo. Cuanto más grande se hace un individuo, con más fuerza le golpeará la risa». Símbolo de ello, en la secuencia más famosa del filme, el dictador Hynkel juguetea con un globo terráqueo en esa tremenda metáfora del dominio sobre un mundo confiado. Mientras tanto, un pequeño barbero judío, de enorme parecido con el tirano, afeita a su cliente al ritmo acelerado de la Danza Húngara de Brahms para, poco después, desplegar palabras de libertad en un discurso ejemplar contra el odio y la intolerancia. Dictador y sometido son, en este caso, luz y sombra de una misma imagen. Y en su incesante intercambio, en su acelerada suplantación, el destino apostará finalmente por la palabra y la esperanza.

Otro genio de la comedia, el sensato alemán Ernst Lubitsch, usará también la sátira contra el totalitarismo nazi en ‘Ser o no ser‘, del año 1942, mientras que Roberto Rossellini recurrirá a su sincero neorrealismo para dar testimonio de una lucha en ‘Roma, ciudad abierta‘ y ‘Paisá‘, realizadas en 1945 y 1946, respectivamente. Tras éstas, llegarán las aportaciones del cine francés con títulos como ‘Noche y niebla‘, dirigida por Alain Resnais en 1955, y ‘Un condenado a muerte se ha escapado‘, realizada por Robert Bresson un año después, a los que seguirán un sinfín de filmes bélicos donde los nazis serán el enemigo constante y siempre derrotado, como ‘Doce del patíbulo‘, dirigida por Robert Aldrich en 1967, o ‘El desafío de las águilas‘, protagonizada al año siguiente por Richard Burton y Clint Eastwood.

También en los sesenta
Ya en los años setenta, recuperaremos los ecos de la ascensión nazi con los cánticos marciales que sobrecogen a los protagonistas de ‘Cabaret‘ y en la sombría realidad alemana retratada por Ingmar Bergman en ‘El huevo de la serpiente‘. Y ya más recientemente, llegarán la parodia folclórica contenida en ‘La niña de tus ojos‘, comedia realizada por Fernando Trueba en 1998 sobre las peripecias de una compañía de intérpretes españoles en la escena alemana, y ‘Los falsificadores‘, ganadora del último Oscar a la Mejor Película Extranjera, relato de una supuesta operación de falsificación de libras esterlinas en un campo de concentración nazi para ayudar a financiar su esfuerzo bélico.

Sin embargo, las referencias al régimen nazi en el cine han encontrado su verdadero sentido y valor desde la denuncia de sus horrores y la reivindicación de la tolerancia y la paz como únicos caminos de progreso para el ser humano. Aquí se enmarca el conmovedor testimonio de Volker Schlöndorff en ‘El tambor de hojalata‘ que, realizado en 1979 a partir de la novela de Günter Grass, contiene una admirable secuencia donde el redoble obstinado de un tambor infantil conseguirá transformar una marcha militar en amable vals de reconciliación.

La lista de Schindler, de 1993, donde Steven Spielberg nos conmueve hasta el daño emocional con sus imágenes de los campos de concentración y el holocausto nazi, y ‘La vida es bella‘, en la que Roberto Benigni consigue transformar el humor en sentimiento y la inocencia en el único futuro posible, desembocarán en ‘El pianista‘, una de las películas más sobrecogedoras jamás filmadas, recuperación por parte del director Roman Polanski de sus vivencias personales en el gueto de Varsovia utilizando para ello la figura del pianista Wladyslaw Szpilman.

Como epílogo a este sintético repaso de la presencia nazi en el cine, resulta obligado citar la revisión de la Historia realizada por los propios alemanes en una película ejemplar, ‘El hundimiento‘. Este filme, dirigido en 2004 por Oliver Hirschbiegel, retrata con intensidad emocional y duro verismo los últimos días de la vida de Hitler y su suicidio final en el búnker donde se resistía a su dramático e inevitable final. El mismo destino colectivo, de daño y destrucción, que ya vaticinara cuando advertía furioso que «Alemania será una potencia mundial o no será».

http://www.diariosur.es/20080307/cultura/nazismo-cine-sobre-dioses-20080307.html

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